
Hombres en pugna
Son, junto con Facundo Arana, Federico Olivera y Oscar Alegre, los protagonistas de "Codicia". La obra, del norteamericano David Mamet, se centra en la feroz competencia laboral en un sistema opresivo. En esta nota, los tres actores hablan de esta ácida pieza y de sus contactos con lo que ocurre en la sociedad argentina. Por: Miguel Frías
La entrevista se hace en pleno campo de batalla: el escenario del Teatro Liceo. Día sin función: en medio del decorado oficinesco hay rastros de la feroz -y asimétrica- lucha por la supervivencia laboral que exhibe Codicia (Glengarry Glen Ross). Pieza que el norteamericano David Mamet escribió a comienzos de los '80 (ver Un clásico...), durante la presidencia del republicano Ronald Reagan. La competencia por encima de cualquier valor, incluidos el placer, la salud mental y la vida: el lado alienante del darwinismo capitalista.
"Me seduce que, a través de estos vendedores que se destruyen entre ellos y se autodestruyen, Mamet nos cuente la enajenación por llegar a un sitio en donde en realidad no hay nada. Un sitio de ignorancia, de vacío, de pobreza, de mediocridad. Ese mundo que también vivimos en la Argentina, sobre todo desde el '76", dice Alejandro Awada, alejado del tono maníaco depresivo de su personaje, un vendedor de terrenos ya en decadencia. Escritorio y biblioratos de por medio, asiente Luis Ziembrowski, su jefe -ventajero, opresor y pusilánime- en la ficción. Y Jorge D'Elía, que hace de comprador de poca personalidad, víctima de la habilidad y el falso encanto de otro de los personajes, interpretado por Facundo Arana.
Cuando los convocaron para hacer "Codicia", ¿qué contacto habían tenido con la obra de Mamet? ¿Habían visto "El precio de la ambición", la versión cinematográfica de "Glengarry..."?
D'Elía: Cuando me mandaron el libro tuve, al principio, mis reservas. Mamet es más un cirujano que un autor dramático. Por su precisión: opera de una manera extraordinaria. La dirección se avocó, por suerte, a trabajar con ese mismo estilo. Después vi la película y me interesó mucho mi papel, porque es un rol que quería transitar, muy distinto a todos los papeles que había hecho antes.
Awada: Yo no vi la película. Y no la voy a ver hasta que termine la obra. Primero, y disculpá la perogrullada, porque es teatro adaptado al cine. Después, porque no quiero que me influya la mirada gringa. Quería, como siempre, hacer mi experiencia, transitar la obra desde la ignorancia, poniendo lo mejor de mí.
Ziembrowski: Vos, Jorge, me ofreciste verla. Pero yo tampoco quise, por lo mismo que Alejandro. Lo que más me interesó al ser convocado fue el elenco, aunque sabía que Mamet iba a estar comprometido con la realidad, que iba a tener una mirada crítica de la socie dad norteamericana. La obra me resultó interesantísima. Tiene temas en común con Arthur Miller, pero Mamet los toca de un modo más contemporáneo y veloz, menos romántico, más coyuntural con la era Reagan.
¿"Muerte de un viajante", de Miller, fue una referencia para hacer "Codicia"?
Awada: A Miller lo quiero y lo respeto muchísimo. No sólo por su calidad como dramaturgo: siempre me llamó la atención que un tipo tan exitoso haya sido tan crítico con la sociedad en la que vivió y triunfó. Mamet, según mi opinión, se alineó en esta corriente.
En muchas obras latinoamericanas, que también se centran en la competencia laboral en asfixiantes oficinas, los personajes parecen ser más conscientes de que son humillados. El último ejemplo es la novela "Recursos humanos", del mexicano Antonio Ortuño, finalista del Premio Herralde 2007. ¿Será que fuera de los Estados Unidos pierde eficacia el "sueño americano"?
Ziembrowski: Es verdad. Los personajes de Codicia se debaten en un doble juego. Por un lado, rechazan el mundo que los oprime; por otro, dependen de él como si fuera una droga y usan artimañas para lograr sus objetivos. Justamente porque creen en el sueño americano, en el fin que justifica los medios: el Cadillac que le ofrecen al que venda más representa eso. A diferencia de ciertos mundos latinoamericanos, en donde se muestra más que nada la enajenación, acá hay una competencia feroz por llegar a algo y "salvarse".
Todos los personajes son hombres. ¿Hay un trasfondo de competencia viril en la competencia comercial?
D'Elía: Creo que no. Que esta obra, hecha por hombres o mujeres, tiene el mismo mensaje.
Awada: No sé qué opinaría Mamet pero, al menos en esta versión, me parece que entre mi personaje (Shelley Levene) y el de Luis (John Williamson) se despierta una competencia para ver quién la tiene más grande.
Ziembrowski: Para mí, es una obra enteramente masculina. Tiene que ver con un mundo de chimpancés, de mostrarse los dientes, de enfrentarse de una forma muy primarios. Acá los conflictos no se resuelven amorosamente, se resuelven en guerra, muy cerca del mundo cadenero de un macho.
¿Participaron en la decisión de mantener los nombres y locaciones orginales, a pesar del lenguaje porteño? En España se ha hecho una versión con nombres españoles...
D'Elía: No me sorprende. Pensemos que en España, por ejemplo, doblan las películas... La decisión de que se mantuvieran los nombres originales fue de Masllorens (uno de los adaptadores) y nosotros, al menos yo, la compartimos.
Al ver "Codicia" pensaba que el ambiente de la televisión, tan voraz con el rating, ofrece premios y castigos que se parecen a los de esta obra. Ustedes, que hicieron TV, ¿se sintieron inmersos en un mundo así?
Awada: Yo no.
D'Elía: Desde que nació hasta hoy, salvo honrosas excepciones, la televisión es muy distinta al teatro o al cine. Por empezar, es un negocio a todas luces. El teatro muchísimas veces no es así...
Awada: El trabajo del actor es mucho más que la televisión.
D'Elía: Es cierto. Sin menospreciarla. Ninguno de nosotros estaría acá arriba si no fuera por la televisión.
Awada: Entonces, le agradezco a la tele, pero el trabajo del actor es mucho más trascendente.
D'Elía: Sí, pero pensaá que nosotros empezamos a hacer esta obra el 4 de enero y ya pasamos los 15.000 espectadores, un éxito objetivo en teatro. Bien. Cuando yo hacía Amo y señor, teníamos unos 6 millones por día. Eso te da la idea de la potencia de la TV.
De hecho, algunos espectadores vendrán acá por Mamet, pero muchos otros lo harán por Facundo Arana o por los personajes televisivos de ustedes...
Ziembrowski: Eso tiene que ver con el tipo de producción, de convocatoria. Hay gente que viene por Mamet; otra, por Arana; otra, por Lalola; otra, por el sex appeal de Jorge D'Elía. Hay un cierto eclecti cismo de público. Pero si trascendemos el límite de la televisión, y nosotros creemos que lo hacemos, le ofrecemos al público algo distinto. Esto no es teatro experimental, pero provocamos sorpresa en el espectador. Y la tele es lo contrario: uno no prende la tele para sorprenderse sino para encontrar más de lo mismo.
En relación a "Codicia", Arana declaró: "Si el teatro es saltar sin red, en realidad son mis compañeros los que saltan sin red y yo salto sobre ellos..."
D'Elía: Quiso decir, brevemente, que hizo menos teatro que alguno de nosotros. Es una delicadeza, una de sus tantas delicadezas, hacia sus compañeros. Además de decir que es un placer trabajar con él, como con el resto, hay un dato que me gustaría resaltar. El personaje de Facundo es rotativo: va a cambiar de intérprete cada tres meses. Esperemos que cuando él deje la obra no se hable de una crisis en el elenco.
¿Qué reacciones inesperadas notaron en el público?
Awada: Sucede algo fuerte e interesante. Hay una mayoría a la que le gusta mucho y algunos que, según me enteré, se van indignados, enojados. No sé qué les disparará. Me gusta que ocurra eso.
¿Qué hubiera ocurrido con esta obra en los '90?
Awada: La hubieran visto ocho. Me da la sensación de que hubiera sido aceptada a partir del '98, no en los primeros años de la década infame. La mayoría creía en las bondades del libremercado.
Ziembrowski: Yo no sé qué hubiera pasado, pero es verdad que la supercompetencia, la flexibilización laboral y la exaltación del mundo totalmente privatizado tienen que ver de un modo muy directo con la esencia de esta obra.